Los primeros años fueron una luna de miel. En el plano económico, la economía crecía artificialmente y la riqueza se repartía a los grupos más vulnerables a través de prebendas. En el plano político, no obstante, el lenguaje democrático, los servicios de inteligencia gradualmente apretaban las libertades, se imponía la censura de los medios de comunicación, el encarcelamiento de opositores, la narrativa de desprecio a los opositores y la centralización de la imagen del dictador en todos los espacios. Los esbirros del sistema alababan con lenguaje redentor las acciones de su líder. Las culpas siempre eran de potencias externas o enemigos internos. El país caribeño había caído gradualmente en una dictadura.

AÉstos fueron los pasos que llevaron a dictadores de derecha y de izquierda, como Rafael Trujillo, de la República Dominicana, y a Fidel Castro, de Cuba, a dominar sus países por décadas. En un caso, el dictador acabó asesinado por sus seguidores mientras que en el otro la dictadura sigue viva en manos de su hermano. Ahora, en otro país caribeño se siguen los mismos pasos. Con una narrativa de supuesta redención y conciliación, en Venezuela se cocina una dictadura.

El domingo pasado se celebraron “elecciones” arregladas en Venezuela, donde el poder hegemónico de los socialistas, por encima de la Constitución y de la única institución no dominada por el chavismo —la Asamblea Nacional— impuso a miembros de su partido para engendrar un poder simulado y así fortalecer el poder de Maduro. Diversos países se han pronunciado en contra de esta elección simulada, fortaleciendo así el rechazo de la comunidad internacional. Ahora, la noticia de que dos de los principales líderes opositores fueron encarcelados de nuevo.

La pregunta ahora es qué pasará con Venezuela. Estados Unidos y otros países han determinado ya sanciones en contra de individuos en el poder. La OEA y países como México se han pronunciado en contra de esta simulación. Sin embargo, el verdadero poder de sanción está en Estados Unidos, a través de limitar las importaciones de petróleo, la única y verdadera fuente de poder de Venezuela en estos momentos. Es también su principal debilidad; 95% de las exportaciones de ese país son petroleras.

De acuerdo con diversos analistas, en 2016 las exportaciones de petróleo y derivados de Venezuela a Estados Unidos representaron diez mil 500 mdd o 28.7 mdd diarios. Ante una industria nacional destruida por expropiaciones, el petróleo es casi la única fuente de divisas internacionales. Aunado a ello, Venezuela y PDVSA, su empresa estatal petrolera, cargan una deuda en Wall Street, con China y hasta con los cubanos (en exportación directa de petróleo) que significan una enorme carga. En estos momentos, la administración del presidente Trump está estudiando incluso la posibilidad de limitar la importación de crudo.

Así, se cumplen todos los requisitos para una dictadura y un desastre económico al estilo Cuba. La pregunta ahora es si el destino de la dictadura venezolana se desenvolverá en un golpe violento, como en Dominicana de Trujillo, o se alargará aún más el proceso de desastre económico, al estilo Cuba de Fidel Castro.


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