Cada mes, cada día, cada hora, la situación empeora. El desastre del manejo económico ha alcanzado ahora a la catástrofe política que dejaron. Por todos los frentes, el gobierno se ve rebasado por las realidades de una combinación tóxica de corrupción, incapacidad absoluta y demagogia que han llevado al país a un verdadero caos.

Me refiero, por supuesto, a Venezuela. Después de semanas de protestas, más de sesenta personas muertas y una economía en el absoluto colapso, el gobierno de los chavistas y su “comandante eterno”, Hugo Chávez, gobernando como un pajarito que le habla al oído al Presidente Nicolás Maduro, han alcanzado ya lo que todos, esperamos, sean sus últimos días.

Pero, ¿cómo llegamos a este punto? Vamos por partes. En 1998, el golpista militar Hugo Chávez arrasó en las contiendas presidenciales bajo la promesa de reconfigurar el mapa político, eliminar el sistema bipartidista y elitista que imperaba hasta entonces. Emulando a su héroe Fidel Castro, el lobo se vistió de oveja e inició una triste historia de abusos en todos los frentes.

Después de casi dos décadas de narrativas “revolucionarias” (aunque no hubo ninguna revolución), programas económicos basados en el socialismo soviético, expropiaciones y destrucción de la propiedad e iniciativa privada, así como una polarización política basada en el odio de clases, la economía y el sistema político en Venezuela están en la ruina. El resultado: 27% de caída en el PIB desde 2013, y más de 720% de inflación este año, según el FMI. Sin embargo, el leviatán chavista-cubano no quiere morir.

Hay varios temas que lo hacen mantenerse: el sistema de inteligencia cubano y los chavistas construyeron un sistema de complicidades que hace imposible desaparecerlo, no obstante que caiga Nicolás Maduro. Los militares, boligarcas (empresarios enriquecidos al amparo del chavismo), la clase política oficialista y hasta algunos gobiernos —como el cubano— mantienen un sistema de prebendas que crea una confabulación criminal. Ahí están las evidencias de no sólo cómo colapsaron la economía, sino que se inmiscuyeron en el narcotráfico y el saqueo de cualquier vestigio de una economía formal.

El Estado está quebrado, a tal punto que los chavistas han tenido que hipotecar el futuro del país a los chinos, rusos y ahora hasta a Wall Street. La semana pasada, según reportó The Wall Street Journal, Goldman Sachs compró, a precio de ganga, los bonos gubernamentales con vencimiento al 2022. Pagó el 31% de su valor y le inyectó al Banco Central de Venezuela miles de millones de dólares.

Ya lo ha advertido Ricardo Hausmann, profesor de Harvard y venezolano, desde hace tiempo en su columna (http://bit.ly/2r4Hrj5): mientras que los bonos de deuda prometen buenos retornos para inversionistas en Wall Street, la gente en ese país no tiene qué comer. El dilema moral es que, si por cumplir con las obligaciones de dar servicio a la deuda en dólares, esos recursos no llegan a la economía, donde se necesitan para importar (porque su economía no los produce) los más básicos alimentos y enseres para una población necesitada.

He ahí el más reciente dilema venezolano.


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