En la ciudad de Jerusalén se encuentra el Monte del Templo, el lugar más sagrado para la religión judaica y de no menor importancia para los musulmanes. Dentro de él se encuentran, entre otros edificios históricos, el llamado Muro de los Lamentos, el último vestigio de un templo judío edificado por el Rey Salomón. Al día de hoy, esa zona del medio oriente es el centro de un conflicto milenario entre idiosincrasias monoteístas: tres grandes religiones consideran a esta zona como suya. El Muro, aunque sagrado, simbólicamente divide la tradición judeocristiana de los musulmanes. Divide a dos pueblos.

De la misma forma, México vive ahora una división que en gran medida se reduce a un muro que separa idiosincrasias sobre la globalización, el comercio y hasta las culturas. Causante de ello es la visión nativista, proteccionista y hasta racista del nuevo Presidente de EU. En su enfoque particular, ellos son el pueblo bueno (que por cierto se parece a la narrativa de alguien en México) y los extranjeros son los malos; estos últimos los causantes de los males (reales o ficticios) que aquejan a EU y su clase trabajadora.

No podría haber mayor contradicción de esa narrativa: emana de un multimillonario procedente de las élites de la costa del este y quien es descendiente de inmigrantes, casado con una inmigrante y cuya riqueza se sustenta en gran medida por los negocios que ha podido hacer en otros países. México (y China) es ahora objeto de un odio intrínseco que no tiene sustento más que en el aplauso fácil y la profunda fobia de alguien que sufre un trastorno de personalidad narcisista.

En la visión de los narcisistas siempre existe un enemigo externo, real o imaginario, al que le debe achacar los fallos en los negocios, su vida personal, las situaciones de la vida diaria. Son mentirosos compulsivos que improvisan sobre la marcha sus acciones, siempre con una visión de que ellos son los mejores, culpando a otros cuando no salen las cosas como quieren o se sienten ofendidos. El resultado en la Presidencia de EU: un desastre en la primera semana de gobierno, la confrontación con grupos minoritarios, conflictos diplomáticos y hasta la potencial construcción de un muro que, lamentablemente, dividiría a dos países que son hermanos y socios.

Por ello, los muros físicos o mentales son malos. De la misma forma que en las guerras se usa la táctica de volver objetos a los enemigos, quitándoles cualquier característica humana, Trump está construyendo una narrativa de los musulmanes, mexicanos y muchas otras nacionalidades para hacerlos el enemigo de males que poco tienen que ver con ellos.

¿Qué podemos hacer ante estos muros físicos y mentales? Para un narcisista, no hay peor afronta que hacerle saber sus errores. Ellos son perfectos, casi deidades, por lo que aquellos que no estén a su altura o débiles deben ser descartados. México debe mostrar una posición de fortaleza, sin doblegar el discurso, pero haciendo saber de alguna forma a Trump que “es un privilegio negociar con él”; es decir, jugando su juego de masaje de egos. De lo contrario, tendremos más lamentos por los muros que irá construyendo contra nuestro país.


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