En un artículo de la edición del 10 de septiembre del año pasado, el semanario The Economist describe cómo Donald Trump, en una entrevista de radio, acusó al entonces presidente Barack Obama y a Hillary Clinton de ser los fundadores del Estado Islámico. Al cuestionarle si con esa afirmación en realidad se refería al caos después del repliegue del ejército de EU de Irak, Trump no retrocedió y reafirmó que ellos eran los fundadores.

Este es tan sólo uno de los ejemplos del mundo en el que vivimos ahora. Los narcisistas y/o mentirosos compulsivos han tomado el mando de gobiernos tan poderosos como EU, “logrando” empujar al Reino Unido al Brexit, llevar a Venezuela a una profunda crisis política y social e, incluso, como en el caso de México, inculcar en los votantes un supuesto rayo de esperanza redentor.

Las mentiras se manifiestan en diferentes etapas del proceso de gobierno. En países democráticos, la mentira se presenta desde la candidatura hasta el ejercicio de gobierno y después. Es hasta cierto punto normal escuchar mentiras de la clase gobernante, muy acorde con el objeto que quieren ocultar; puede ser el desfalco de las finanzas públicas de un Estado o el aumento de un impuesto impopular. En culturas como la nuestra, la mentira piadosa (y hasta no piadosa) es incluso celebrada; ¿qué lector no ha experimentado o practicado el “mañana te pago” o “nos hablamos”? Los gobiernos mienten no como una práctica necesariamente perversa, sino para proteger a su población de las duras realidades del gobierno o, en el peor de los casos, para ocultar beneficios ilícitos.

Sin embargo, fuera de esa praxis de mitomanía “normal”, el nuevo normal ahora es el ejercicio de política “posverdad”, donde se apela a las emociones brutas del electorado y los gobernados, descartando por completo cualquier resquicio de verdad. Por más descabellado que pareciere, políticos, medios, periodistas, analistas y activistas —por mencionar algunos—, usan datos totalmente alejados de la verdad o hasta inventados. Así, las mentiras se repiten hasta grabarse en las mentes de un público pasivo. Con las mentiras se alega proteger inocentemente el beneficio público como la libertad de expresión, los empleos, la actividad económica y hasta la mismísima democracia. Ejemplos hay muchos como la negación del cambio climático (en contra de evidencia científica) o la búsqueda del supuesto complot en los órganos reguladores como la EPA de EU o el Ifetel de México.

Sin duda, la mentira es muy difícil de enfrentar. La práctica está enmarcada en nuestros esquemas mentales desde pequeños, como lo demuestran estudios sicológicos de niños menores de seis años. Fuera de cierto grado normal de mentira, el riesgo está en que personas con poder la usen más allá de “lo aceptable”. Hugo Chávez y Donald Trump son sin duda máximos exponentes de ello. Sin embargo, no es raro voltear a ver al vecino sin escrúpulos que toma ventaja a través de esta práctica.

No obstante, lo ideal es que ese vecino no sea electo en un futuro en Presidente.


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