Se empacan las maletas. Los papeles sensibles se destruyen. Se hacen planes para la vida post-gobierno. Se pierde influencia. Las llamadas no serán tomadas como antes.

La administración del presidente Obama está por concluir en dos días. Sin duda, el balance de la administración Obama tiene altibajos y se mide de acuerdo con la vara ideológica del lector. Sin embargo, lo que nunca cambian son los hechos: Obama recibió una economía en pedazos por la especulación en bienes raíces de Wall Street, un desempleo rampante que se aproximaba al 10% de la población económicamente activa y dos guerras que representaron más de un trillón de dólares en gasto público.

En ocho años, Obama logró cambiar la imagen negativa en el mundo ante las invasiones en Irak y Afganistán y se crearon programas como Obamacare, que le dieron un seguro de gastos médicos a 20 millones de personas que antes no lo tenían. En materia regulatoria, una práctica gubernamental que cada vez se ha vuelto más ideológica y politizada, se crearon y firmaron normas para proteger el medio ambiente y proporcionar mayor apertura en el mercado de telecomunicaciones (aunque existen problemas graves de concentración monopólica en cableras, celular e internet), entre otras cosas.

El paradigma tradicional de manejo económico en EU ha sido que los republicanos tiendan a la desregulación, la disminución del aparato gubernamental y hasta el recorte de impuestos. La plataforma ideológica de éstos señala que es necesario un gobierno menos abultado, estímulos fiscales y mayor libertad de empresa, sin la necesidad de la intervención del Estado. Los demócratas favorecen una mayor intervención regulatoria (p.e. la Ley Dodd-Frank que reestructuró el sistema financiero y volvió más compleja la obtención de créditos), la defensa de causas laborales y del medio ambiente y, en materia de telecomunicaciones, la apertura del internet e intervención para prevenir prácticas monopólicas.

De acuerdo con este péndulo regulatorio, la nueva administración Trump debiese tildarse en muchos sentidos hacia la plataforma republicana. Sin embargo, lo que estamos viendo, al menos hasta ahora, es que en muchos sentidos Trump aplicará los principios de economía de los republicanos, pero en muchos otros será un sistema ad hoc a los preceptos populistas, nativistas y hasta racistas de su campaña. Cuidado de aquella compañía que se atreva a contradecir al narcisista en jefe o anuncie algo que remotamente huela a México o China. Cuidado de aquel que critique a Trump y su piel sensible.

La plataforma Trump es un conjunto de discursos populistas, soluciones fáciles a problemas complejos y la creencia de una crisis causada por fuerzas externas (nosotros vs. ellos). En lo económico no será distinto; las agencias regulatorias se volverán de papel y se favorecerá a la industria sobre todas las cosas (con las externalidades negativas que puedan causar como un mero estornudo).

La gran pregunta es si, ante el nuevo paradigma económico del emperador naranja, podremos defender a nuestro país de sus embates.

Mientras tanto, faltan dos días para el ocaso del péndulo.


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