Las campanas no sonaron. Los escenarios de la prensa que pronosticaban un triunfo contundente de los demócratas no llegaron. El peor resultado, aquél que no esperaba ni la más pesimista encuesta de opinión, se hizo realidad. El populismo y la ira popular en contra del sistema tradicional de binomios ideológicos causó uno de los peores descalabros para el Partido Demócrata y Hillary Clinton. El pueblo norteamericano trumpezó.

Ahora las consecuencias. Estos días han sido definitorios, pasada la efervescencia de las elecciones, para lo que será un eventual gobierno del presidente electo Trump y las expectativas de los mercados sobre el crecimiento económico de EU y, por ende, México, China y todo país, ente, grupo étnico o social, que fue tocado con la lengua viperina del candidato republicano.

Quizá la más importante para nuestro país, más allá de barreras físicas absurdas que no servirán para nada (léase, la muralla trumpfronteriza) sino apaciguar al pópulo racista, es una eventual cancelación o renegociación del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica. El mayor precedente que vislumbra una política proteccionista es que el Senado de EU y Trump ya hicieron saber que el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) no será ratificado por el Congreso de EU y por ende está muerto antes de nacer.

El TLC, firmado en 1993, ha multiplicado el comercio en esta región al pasar de 290 mil millones de dólares a 1.1 millones de millones de dólares (sí, son doce ceros). Sin embargo, también ha generado huérfanos económicos y regiones en EU transformadas en aras de la globalización de sueldos y ventajas competitivas de México; entre ellos, los sectores automotriz, manufacturero y otros cuyos costos se vieron beneficiados por la mano de obra barata en México. Ahí germinó el fenómeno Trump y fue donde su discurso de resentimiento fue adoptado con mayor aspereza.

Ahora queda especular si el presidente electo Trump guiará sus esfuerzos en cancelar o modificar el TLC en aras de hablarle a su base electoral. Sería sin duda un error mayúsculo cancelarlo, pero lo que más factible, dadas los contrapesos de poder en EU, es que se modifique para reducir el déficit de cuenta corriente que existe entre ambos países y enviar un mensaje de que ha sido mejorado en aras de proteger a los trabajadores de EU.

El propio TLC, en su Octava Parte, artículos 2201 en adelante, prevé enmiendas a este tratado a través de la voluntad de las partes firmantes; es decir, de los gobiernos de EU, Canadá y México. El artículo 2205 establece el retiro voluntario de cualquiera de las partes. Cualquiera de estos dos mecanismos puede ser invocado por el presidente Trump sin autorización del Congreso.

Lo cierto es que una modificación sustancial o cancelación tendría efectos en los aranceles que EU y México cobran el uno al otro. Contrario a lo que pudiera entenderse, estos aranceles eventualmente recaerían en los consumidores y afectarían sustancialmente las economías de ambos países. Las dos economías son ahora tan interdependientes que implementar una propuesta populista de esta naturaleza generaría un trumpiezo no electoral, sino económico.


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